Esta noche, como tantas otras noches, me ha pedido que le cuente un cuento.
-¿Sabes, Valentina? Yo nunca he sido el tipo más romántico, ni tampoco un gran cuentacuentos.
- Ya lo sé papi, por eso cada noche tomas un libro del estante y me lees una historia diferente- repuso Valentina, mirándome con esa miradita astuta que sólo ella me sabe echar.
-Hoy te contaré una historia muy especial, - le dije sin vacilar. Y mientras ella acomodaba su cabecita en la almohada y sacaba sus brazos de entre las sábanas, yo empecé a pretender que inventaba historias, tal como tú solías hacerlo.
-Había una vez una hermosa princesa, con los ojos de cielo y las mejillas tan rosadas como el moño de tu oso Federico. Esta hermosa princesa tenía la más extraña de las habilidades: con su sonrisa, todo lo que era oscuro, feo y lo malo lo convertía en pura bondad. Dicen que cuando miraba, era como mirar la intensidad del mar y sentir la tibieza de los rayos del sol sobre la piel. ¿Te imaginas eso? Era tal y como estar en la playa- le dije con un tono emocionado en mi voz, mientras ella no perdía el hilo de lo que yo le contaba.
- Sucedió que un día la hermosa princesa conoció a un caballero, no, no era un príncipe como en los otros cuentos, puesto que el caballero no tenía ni reino ni caballos, ni una brillante corona. Y la extraña habilidad de la princesa hizo que el caballero acabara prendado de sus virtudes. Después de atravesar montañas y ciudades, inmensas llanuras y ríos y mares, construyeron su propio reino, lejos de todo lo que una vez habían creído bueno. En su reino crecían las más hermosas flores y los frutos más exóticos, y todo aquél que los visitaba se sentía feliz con la presencia de ambos.
-¿Y no tuvieron hijitos?-se apresuró a preguntar Valentina.
- Ah, claro. Un día, fueron premiados con el más grande tesoro que ningún príncipe se pudiera imaginar: tuvieron a la más hermosa de las princesitas que jamás hubiese pisado la tierra.
En esos momentos, ya el sueño parecía vencerla. Y la miré con sus ojitos entrecerrados, invitándome a yo también entregarme a los brazos de Morfeo. Su respirar suave y acompasado me devolvía un poco de la tranquilidad que mi alma tanto ansiaba. En eso, Valentina abrió los ojos y me dijo en una voz muy baja:
-¿Sabes papi? Me hubiera gustado conocer a esa princesa y vivir con ella en su reino. Apuesto a que hubiéramos sido muy felices.
-Ah, es que aún no hemos llegado al final de la historia, Vale.
- ¿Qué no habían tenido una hijita y vivieron felices por siempre?
Hice una pausa. Empecé a pensar cuidadosamente como iba a terminar esa historia, aunque yo sabía mejor que nadie el final.
-A veces las princesas no pueden quedarse en sus reinos y tienen que irse a otros lugares a recolectar historias para sus cuentos.
-¿Y las princesas regresan algún día, papá?
No lo pude evitar, se me hizo un nudo en la garganta como cada vez que pensaba en ti, mi princesa amada. Evité el hablar por un momento, pues sabía que la voz se me iba a quebrar.
-No querida, somos nosotros los que vamos a ellas. Pero primero debemos ser buenos y comer todos los vegetales, como hubiera querido mamá.
No muy convencida, volteó su cabeza en la almohada y acomodó su cuerpecito frágil en la cama. Yo sé que a ella le hubiese gustado que fueras tú quien le contara todos esos cuentos de princesas, y no yo al tener que recurrir al libro de cuentos que escribiste para ella.
Le dí un beso en la frente y apagué la luz de la pantalla de su mesita de noche. Al salir de su cuarto, miré tu foto en el pasillo y volví a recordar que hoy, hace seis años, tú le diste tu vida a Valentina.

----------------
Now playing: ABBA - Chiquitita
via FoxyTunes
0 dejaron su huella:
Publicar un comentario