Hoy, saliendo del colegio, caminaré despacio hacia la tortería de don Luis, como lo haría cualquier chaval al salir de la secundaria. Si, lo haré porque no quisiera despertar sospechas, ya sabes como son las solteronas de la colonia, que les encanta meter las narices donde no las llaman.
Tratando de mantener la compostura, platicaré, como si fuese un experto, de autos y de mujeres con don Luis, pagaré mi refresco y me dirigiré al cafecito de enamorados de la otra cuadra.
Cada pedazo de concreto, cada piedra, cada paso, me parecerán una eternidad. Abriré la puerta despacio, y me escabulliré por las mesas llenas de párvulos que entrecruzan sus temblorosas manos y se perjuran hechizos de amor.
No se lo digas a nadie, pero hoy cometeré un asesinato. Lo haré mientras tu te peinas y te pones tus calcetas de cuadros. Mientras tu juegas a ser mujer y yo a ser un novato. Para que nadie piense mal por verme allí en ese lugar sin compañía, le compraré una flor al vendedor de la calle, una flor roja y brillante, como tus labios color de sangre. Me sentaré en la mesita de al fondo, a esperar. Esta tarde te juro que mataré uno a uno todos los minutos, hasta que te pueda ver llegar.
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