Tu canción favorita se oía a lo lejos en la oscuridad de la noche. Eso me inspiró, e hizo que hasta se me quitara el mal humor. Empecé a escuchar unas cuantas notas y mi mente, en exceso realista e inflexible, como tu siempre solías decir, voló de regreso hacia nuestros momentos de efímera felicidad. Y es que debo confesarte que últimamente me he hallado recordándote hasta en los lugares menos pensados, donde todos los olores, y hasta los más impensables sabores me traen recuerdos que irremediablemente, sólo tu pudiste haber creado en mi vaga imaginación. Caminé un poco más bajo la pesada noche, dejando que el viento golpeara suavemente mi cara, como si quisiera lograr que borrara cada una de tus dulces caricias. De repente, Lenny se me acercó por la espalda y en un abrazo, me cubrió con una manta, aunque su tibio calor no se compara con la calidez de tus brazos. Hacía tiempo que no te aparecías por mi mente y admito que me era grato recordarte, así, con tus cabellos alborotados y rebeldes como tú, con tu sonrisa sarcástica y tus dos pedazos de carbón que hacían las veces de ojos. Tus ojos ingenuos y soñadores, ojos que siguen clavados en mi memoria.
Y me pregunté si ya habrías dejado de fumar, si ya habrías aprendido a no poner los codos sobre la mesa, o si ya habrías aprendido a no ser tan impuntual, cuando me hacías esperarte hasta para ver el fútbol. También me pregunté si habrías sido capaz de poner un poco de orden, sobre todo, en tus ideas enmarañadas, o si por fin aprendiste a tomar decisiones acertadas. Creo que nunca lo hiciste, y nunca lo harás, pues fueron esos los detalles que nos causaron tantas diferencias, y los que conquistaron a tu nueva adquisición.
Han pasado varios años, y aún preparo el café de la misma forma que a ti tanto te gustaba, en honor a tu nombre. Todavía recorro los mismos lugares, escucho las mismas canciones, frecuento los mismos bares... Hay muchos detalles que Lenny no entiende, y me tacha de ser una persona interesante, pero esas son simplemente cosas que sólo tu y yo hubiésemos comprendido, al mirarnos a los ojos y reírnos como niños. Lenny no puede entender porqué, a pesar de ser yo tan exigente, aún tolero la impuntualidad...
Pero esta vez se me hizo un poco tarde, y tenía que continuar.
28 de mayo de 2009
15 de mayo de 2009
Índigo
Te he dicho que mi olor favorito, después del olor a tierra mojada, es el de flores de azahar? Si, es un olor suave y fresco, que indica que el árbol estará cargado de los dulces frutos cuando se llegue el verano. Dulce y fresco como las naranjas. Pero más me gustaba cuando antes de llover, sentía el olor del fresco ozono, porque he de admitir que no hay combinación más perfecta que la del aroma del ozono seguido de la fragancia de las blancas flores de azahar mojadas.
Por esa época de lluvias también solía colgarme de una especie de árboles de los que no recuerdo el nombre, pero que dan unas flores muy pequeñas; lilas, como el sexto color del arco iris. Por que también has de saber que no son siete los colores del arco iris, como todo mundo te ha hecho creer, ya que el índigo en realidad no existe. Aunque todo es subjetivo, porque lo que para mí es un verde pasto, para ti sería un verde pino.
Continuando con mi ilustre disertación, te diré que después de abrazarme al frondoso árbol, lo sacudía como si quisiera regañarlo, como si lo obligara a contarme algo que yo quería escuchar. Lo sacudía y volvía a crear otra vez gotitas de lluvia, que hacían que terminara empapada hasta los huesos.
Ese árbol se secó, y con él se marcharon todas mis ilusiones de sentirme princesa perseguida por dragones, para después ser rescatada por un apuesto príncipe que me llevaría al fin del mundo y la historia acabaría en ¨y fueron felices por siempre.¨ Creo que Rapunzel y su larga cabellera algunas veces puede crear una imagen algo distorsionada de la realidad.
Aunque estoy convencida que los dragones aún existen, pero mi príncipe todavía no llega.
Por esa época de lluvias también solía colgarme de una especie de árboles de los que no recuerdo el nombre, pero que dan unas flores muy pequeñas; lilas, como el sexto color del arco iris. Por que también has de saber que no son siete los colores del arco iris, como todo mundo te ha hecho creer, ya que el índigo en realidad no existe. Aunque todo es subjetivo, porque lo que para mí es un verde pasto, para ti sería un verde pino.
Continuando con mi ilustre disertación, te diré que después de abrazarme al frondoso árbol, lo sacudía como si quisiera regañarlo, como si lo obligara a contarme algo que yo quería escuchar. Lo sacudía y volvía a crear otra vez gotitas de lluvia, que hacían que terminara empapada hasta los huesos.
Ese árbol se secó, y con él se marcharon todas mis ilusiones de sentirme princesa perseguida por dragones, para después ser rescatada por un apuesto príncipe que me llevaría al fin del mundo y la historia acabaría en ¨y fueron felices por siempre.¨ Creo que Rapunzel y su larga cabellera algunas veces puede crear una imagen algo distorsionada de la realidad.
Aunque estoy convencida que los dragones aún existen, pero mi príncipe todavía no llega.
La mujer de hierro
14 de mayo de 2009
CV
Mi vida siempre fue un desastre. Mi mujer se había ido y se había llevado a mis hijos con ella. Si, era mejor que los mantuviera alejados de un criminal como yo.
Empleo? Mis vicios se habían encargado de ser mi tarjeta de presentación ante el mundo, y mi figura era la imagen perfecta del típico fracasado. Y ni hablar de mi asombroso curriculum vitae, que incluía, entre otras cosas, haber golpeado brutalmente a mi esposa en varias ocasiones y un récord de adicciones que nadie más podía superar.
Creéme amigo, que desde acá las cosas se ven como de película. Si, si fui yo el que viste en las primeras planas de los periódicos que estanguló a su madre despiadadamente por conseguir unos cuantos centavos para el maldito vicio... También soy yo el que robó varias cadenas comerciales; vaya que era fotogénico. Y ni hablar de las tantas mujeres que una vez pasaron por mi cama y con las que compartí los placeres de esta engañosa vida.
Los dos sabemos que soy un maldito desgraciado, pero eso no me hace peor ni mejor que tú. Estamos al mismo nivel, en el mismo lugar. Yo podría decirte que tu eres un infame infeliz por haber molestado a tantas muchachitas inocentes... Pero tú y yo, y los otros tantos, todos hemos sido cortados con la misma tijera.
La única diferencia es que tú seguirás aquí por el resto de tu vida, mientras que para mí no existirá esa posibilidad. Éste maldito enfermo se pudre, con el peor de los castigos que lo consume.
Empleo? Mis vicios se habían encargado de ser mi tarjeta de presentación ante el mundo, y mi figura era la imagen perfecta del típico fracasado. Y ni hablar de mi asombroso curriculum vitae, que incluía, entre otras cosas, haber golpeado brutalmente a mi esposa en varias ocasiones y un récord de adicciones que nadie más podía superar.
Creéme amigo, que desde acá las cosas se ven como de película. Si, si fui yo el que viste en las primeras planas de los periódicos que estanguló a su madre despiadadamente por conseguir unos cuantos centavos para el maldito vicio... También soy yo el que robó varias cadenas comerciales; vaya que era fotogénico. Y ni hablar de las tantas mujeres que una vez pasaron por mi cama y con las que compartí los placeres de esta engañosa vida.
Los dos sabemos que soy un maldito desgraciado, pero eso no me hace peor ni mejor que tú. Estamos al mismo nivel, en el mismo lugar. Yo podría decirte que tu eres un infame infeliz por haber molestado a tantas muchachitas inocentes... Pero tú y yo, y los otros tantos, todos hemos sido cortados con la misma tijera.
La única diferencia es que tú seguirás aquí por el resto de tu vida, mientras que para mí no existirá esa posibilidad. Éste maldito enfermo se pudre, con el peor de los castigos que lo consume.
13 de mayo de 2009
Tal vez algún día regrese
Tal vez algún día regrese... o quizá ya no vuelva más.
Y es que ya no había nada que me detuviera en ese lugar. La calles polvorientas estaban desiertas, los niños con sus caras sucias ya no eran los mismos que comían algodones de azúcar y jugaban al escondite... Ahora, aunque aún con sus caritas llenas de tierra, ahora eran egoístas y preferían jugar a la guerra y a otros juegos que habían aprendido de nosotros los adultos. Los niños no se parecían a los que un día había conocido en mis años mozos.
Y así caminaba por las callejuelas empedradas, tratando de encontrar algún recuerdo de lo que un día pudo haber sido, de lo que nunca será. Miraba mi reflejo en los pocos ventanales que aún sobrevivían iluminados, y no veía más que los restos de una felicidad de algodón, que se había esfumado como las nubes, imposible de tocar.
La gente iba deprisa, como si algo les molestara, pero que parecían ignorar por el apurado ritmo de la corriente. No se detenían ni siquiera ante mi andar pausado, por lo que me aplastaban y me arrastraban en su agitado recorrer de la vida. Y yo, un pobre viejo mirando el futuro desde mi pasado, entorpecía mis pasos; no sé si por los años que cargaba sobre mi espalda o por los recuerdos que se apoderaban de mi memoria.
Ya nada era igual. José, mi vecino de la infancia, había muerto de un enfisema que le había carcomido los pulmones. No cabe duda que el cuerpo cobra los achaques y le pasa la factura al tiempo. Doña Adelita, la señora del puestecito de tamales, no pudo superar que su compañero de tantos años la hubiese dejado y decidió acompañarlo. Y así podría seguir con todos los amigos del pueblo, gentes que alguna vez fueron parte de mi vida y que ahora se habían ido para ya no volver.
Entre los edificios destruidos y el recuerdo de un pasado, sólo quedaba yo. Pacientemente observaba como una joven mujer cargaba cuidadosamente a un perrito en sus brazos, mientras a su alrededor, varios niños harapientos se amontonaban para pedirle un poco de limosna... Ah, cuánto más serían mis cansados ojos capaz de soportar.
Con tristeza observo el futuro que un día nosotros creamos... Me duele ver que después de tantos años no quedan ni los escombros de los edificios que construí con el esfuerzo de estas manos, ahora llenas de callos...
Pero al fin y al cabo, qué futuro le puede esperar a un anciano como yo?
Tal vez algún día regrese... aunque creo que no volveré jamás.
Y es que ya no había nada que me detuviera en ese lugar. La calles polvorientas estaban desiertas, los niños con sus caras sucias ya no eran los mismos que comían algodones de azúcar y jugaban al escondite... Ahora, aunque aún con sus caritas llenas de tierra, ahora eran egoístas y preferían jugar a la guerra y a otros juegos que habían aprendido de nosotros los adultos. Los niños no se parecían a los que un día había conocido en mis años mozos.
Y así caminaba por las callejuelas empedradas, tratando de encontrar algún recuerdo de lo que un día pudo haber sido, de lo que nunca será. Miraba mi reflejo en los pocos ventanales que aún sobrevivían iluminados, y no veía más que los restos de una felicidad de algodón, que se había esfumado como las nubes, imposible de tocar.
La gente iba deprisa, como si algo les molestara, pero que parecían ignorar por el apurado ritmo de la corriente. No se detenían ni siquiera ante mi andar pausado, por lo que me aplastaban y me arrastraban en su agitado recorrer de la vida. Y yo, un pobre viejo mirando el futuro desde mi pasado, entorpecía mis pasos; no sé si por los años que cargaba sobre mi espalda o por los recuerdos que se apoderaban de mi memoria.
Ya nada era igual. José, mi vecino de la infancia, había muerto de un enfisema que le había carcomido los pulmones. No cabe duda que el cuerpo cobra los achaques y le pasa la factura al tiempo. Doña Adelita, la señora del puestecito de tamales, no pudo superar que su compañero de tantos años la hubiese dejado y decidió acompañarlo. Y así podría seguir con todos los amigos del pueblo, gentes que alguna vez fueron parte de mi vida y que ahora se habían ido para ya no volver.
Entre los edificios destruidos y el recuerdo de un pasado, sólo quedaba yo. Pacientemente observaba como una joven mujer cargaba cuidadosamente a un perrito en sus brazos, mientras a su alrededor, varios niños harapientos se amontonaban para pedirle un poco de limosna... Ah, cuánto más serían mis cansados ojos capaz de soportar.
Con tristeza observo el futuro que un día nosotros creamos... Me duele ver que después de tantos años no quedan ni los escombros de los edificios que construí con el esfuerzo de estas manos, ahora llenas de callos...
Pero al fin y al cabo, qué futuro le puede esperar a un anciano como yo?
Tal vez algún día regrese... aunque creo que no volveré jamás.
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