Esta mañana, como muchas otras, me dio por recordar. Y me puse a cocinar un caldo de pollo con verduras como el que mi abuela solía preparar. Un caldo de esos que son capaces de curar desde un resfrío común hasta un mal de amores. Y es que mi abuela tenía esa extraña habilidad de leer a la gente, algo así como una especie de poderes psíquicos que le daba la capacidad de saber lo que uno sentía en ese momento, y sin decir palabra alguna, era capaz de aliviar casi cualquier dolor del alma.
Mi abuela
era una fortaleza, en todo el sentido de la palabra. Me refiero al tipo de
fortalezas de los castillos medievales, cuyo fin era proteger a la familia real
de los enemigos. Eso era mi abuela. Una mujer de pocas, pero muy sabias palabras.
Una fortaleza, la fundación, los cimientos, el pegamento de la familia.
Mi abuela
no fue a la escuela. Su infinita sabiduría no venía de los libros, sino de la dura
escuela de la vida, que tantas veces la golpeó pero que la hizo la mujer más
fuerte del mundo. Quedó huérfana a los seis años y tuvo que cuidar de sus
hermanos. "Esas son chingaderas," decía. Su lenguaje era escasamente florido,
pero cuando se trataba de hacer las cosas bien, ella no se andaba con "chingaderas."
O se hace bien, o no se hace.
Y a pesar
de que la vida pudo haberla convertido en una mujer dura, mi abuela siempre
tenía paciencia y tiempo para escuchar a todos. Escuchar y dar el mejor
consejo. Y todos buscaban y admiraban a Doña Quila.
Doña Quila,
como todos conocían a mi abuela, era la mujer más piadosa que he conocido. Yo
veía a mi abuela rezar cada mañana en su sillón junto a la ventana, y me la
imaginaba teniendo toda clase de conversaciones con Dios. Y rezaba todos los
días, y yo sabía que cuando ella rezaba, ella platicaba con Dios. Y recuerdo
que era muy devota al Sagrado Corazón. Tenía una imagen en su cuarto, y le
rezaba con tanto fervor que podía ver sus labios temblando cuando decía sus
oraciones. Gracias a mi abuela sé que Dios existe, y que es un Dios justo que
siempre se acuerda de nosotros.
Una mañana
por allá en los 1940, mi abuela perdió a uno de sus hijos por muerte de cuna. Y
después perdió a mi abuelo. Y otra mañana, muy, muy amarga, hace no muchos
años, perdió a otro de sus hijos. Y cada mañana volvía a su sillón y rezaba.
Unas veces el rosario, otras veces su gastado librito de oraciones.
Cuando no
rezaba, cocinaba. Y que si cocinaba! La comida era su forma de agradar a la
familia, de unirnos, de hacernos sentir mejor, de ponernos a todos contentos. Y
mi abuela era una maestra en el arte de curar y hacer sentir mejor. Hoy que
traté de hacer su caldo de pollo, simplemente no me salió igual, porque ella
tenía una forma de hacer las cosas que nadie más tenía. Y en días como hoy es
cuando más la extraño.
La extraño
más porque va a ser mi cumpleaños. Porque es imposible no recordarla. Porque es
imposible no querer llamarla y decirle cuanta falta me hace. Decirle que admiro
su fortaleza, que necesito sus consejos y que no puedo hacer el caldo de pollo
con el mismo sabor que ella lo hacía.
Mi abuela y yo siempre vamos a ser inseparables. Yo sé que desde ese 21 de abril en que se
fue, ahora tengo un ángel que me cuida desde arriba. Un ángel que cocinaba con
sabor a cielo y que le encantaban los tulipanes.
"Cuando alguien se va, el que se queda sufre más"







