12 de abril de 2014

De tulipanes y caldos de pollo


Esta mañana, como muchas otras, me dio por recordar. Y me puse a cocinar un caldo de pollo con verduras como el que mi abuela solía preparar. Un caldo de esos que son capaces de curar desde un resfrío común hasta un mal de amores. Y es que mi abuela tenía esa extraña habilidad de leer a la gente, algo así como una especie de poderes psíquicos  que le daba la capacidad de saber lo que uno sentía en ese momento, y sin decir palabra alguna, era capaz de aliviar casi cualquier dolor del alma.

Mi abuela era una fortaleza, en todo el sentido de la palabra. Me refiero al tipo de fortalezas de los castillos medievales, cuyo fin era proteger a la familia real de los enemigos. Eso era mi abuela. Una mujer de pocas, pero muy sabias palabras. Una fortaleza, la fundación, los cimientos, el pegamento de la familia.

Mi abuela no fue a la escuela. Su infinita sabiduría no venía de los libros, sino de la dura escuela de la vida, que tantas veces la golpeó pero que la hizo la mujer más fuerte del mundo. Quedó huérfana a los seis años y tuvo que cuidar de sus hermanos. "Esas son chingaderas," decía. Su lenguaje era escasamente florido, pero cuando se trataba de hacer las cosas bien, ella no se andaba con "chingaderas." O se hace bien, o no se hace.

Y a pesar de que la vida pudo haberla convertido en una mujer dura, mi abuela siempre tenía paciencia y tiempo para escuchar a todos. Escuchar y dar el mejor consejo. Y todos buscaban y admiraban a Doña Quila.

Doña Quila, como todos conocían a mi abuela, era la mujer más piadosa que he conocido. Yo veía a mi abuela rezar cada mañana en su sillón junto a la ventana, y me la imaginaba teniendo toda clase de conversaciones con Dios. Y rezaba todos los días, y yo sabía que cuando ella rezaba, ella platicaba con Dios. Y recuerdo que era muy devota al Sagrado Corazón. Tenía una imagen en su cuarto, y le rezaba con tanto fervor que podía ver sus labios temblando cuando decía sus oraciones. Gracias a mi abuela sé que Dios existe, y que es un Dios justo que siempre se acuerda de nosotros.

Una mañana por allá en los 1940, mi abuela perdió a uno de sus hijos por muerte de cuna. Y después perdió a mi abuelo. Y otra mañana, muy, muy amarga, hace no muchos años, perdió a otro de sus hijos. Y cada mañana volvía a su sillón y rezaba. Unas veces el rosario, otras veces su gastado librito de oraciones.

Cuando no rezaba, cocinaba. Y que si cocinaba! La comida era su forma de agradar a la familia, de unirnos, de hacernos sentir mejor, de ponernos a todos contentos. Y mi abuela era una maestra en el arte de curar y hacer sentir mejor. Hoy que traté de hacer su caldo de pollo, simplemente no me salió igual, porque ella tenía una forma de hacer las cosas que nadie más tenía. Y en días como hoy es cuando más la extraño.

La extraño más porque va a ser mi cumpleaños. Porque es imposible no recordarla. Porque es imposible no querer llamarla y decirle cuanta falta me hace. Decirle que admiro su fortaleza, que necesito sus consejos y que no puedo hacer el caldo de pollo con el mismo sabor que ella lo hacía.

Mi abuela y yo siempre vamos a ser inseparables.  Yo sé que desde ese 21 de abril en que se fue, ahora tengo un ángel que me cuida desde arriba. Un ángel que cocinaba con sabor a cielo y que le encantaban los tulipanes.



 "Cuando alguien se va, el que se queda sufre más"

20 de marzo de 2014

Suele suceder

Suele suceder que las cosas que un día nos parecían cursis, de pronto ya no lo son.
Suele suceder que al escuchar esa canción, o leer ese poema de Benedetti, nos identificamos tanto con la letra que parece como si hubiera sido escrito para nosotros mismos.
Suele suceder que el sólo hecho de pensar en esa persona nos alegra la existencia, y es motivo suficiente para sonreír.
Suele suceder que los sentimientos no piden permiso para instalarse en el corazón, de repente llegan  se anidan en lo más profundo de nuestro ser, hasta adueñarse por completo de uno.
Suele suceder que muchas veces pensamos que querer equivale al deseo, cuando en realidad el amor puro es la máxima expresión de sacrificio.
Suele suceder que duele querer a quien no se debe, porque el corazón no elige a quien querer.
Suele suceder que muchas noches, noches como ésta, te estoy pensando y estoy escribiendo acerca del hecho de pensarte, aunque tu probablemente jamás lo sabrás.
Suele suceder que te quiero, y que cambiaría todas estas letras por tan sólo un minuto a tu lado.

Suele suceder que escribí este poema varios años atrás y hasta hoy lo descubrí.
Suele suceder que aún me hacer sonreír ;)