13 de mayo de 2009

Tal vez algún día regrese

Tal vez algún día regrese... o quizá ya no vuelva más.

Y es que ya no había nada que me detuviera en ese lugar. La calles polvorientas estaban desiertas, los niños con sus caras sucias ya no eran los mismos que comían algodones de azúcar y jugaban al escondite... Ahora, aunque aún con sus caritas llenas de tierra, ahora eran egoístas y preferían jugar a la guerra y a otros juegos que habían aprendido de nosotros los adultos. Los niños no se parecían a los que un día había conocido en mis años mozos.

Y así caminaba por las callejuelas empedradas, tratando de encontrar algún recuerdo de lo que un día pudo haber sido, de lo que nunca será. Miraba mi reflejo en los pocos ventanales que aún sobrevivían iluminados, y no veía más que los restos de una felicidad de algodón, que se había esfumado como las nubes, imposible de tocar.

La gente iba deprisa, como si algo les molestara, pero que parecían ignorar por el apurado ritmo de la corriente. No se detenían ni siquiera ante mi andar pausado, por lo que me aplastaban y me arrastraban en su agitado recorrer de la vida. Y yo, un pobre viejo mirando el futuro desde mi pasado, entorpecía mis pasos; no sé si por los años que cargaba sobre mi espalda o por los recuerdos que se apoderaban de mi memoria.

Ya nada era igual. José, mi vecino de la infancia, había muerto de un enfisema que le había carcomido los pulmones. No cabe duda que el cuerpo cobra los achaques y le pasa la factura al tiempo. Doña Adelita, la señora del puestecito de tamales, no pudo superar que su compañero de tantos años la hubiese dejado y decidió acompañarlo. Y así podría seguir con todos los amigos del pueblo, gentes que alguna vez fueron parte de mi vida y que ahora se habían ido para ya no volver.

Entre los edificios destruidos y el recuerdo de un pasado, sólo quedaba yo. Pacientemente observaba como una joven mujer cargaba cuidadosamente a un perrito en sus brazos, mientras a su alrededor, varios niños harapientos se amontonaban para pedirle un poco de limosna... Ah, cuánto más serían mis cansados ojos capaz de soportar.


Con tristeza observo el futuro que un día nosotros creamos... Me duele ver que después de tantos años no quedan ni los escombros de los edificios que construí con el esfuerzo de estas manos, ahora llenas de callos...
Pero al fin y al cabo, qué futuro le puede esperar a un anciano como yo?



Tal vez algún día regrese... aunque creo que no volveré jamás.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario