28 de mayo de 2009

Cartas sin enviar

Tu canción favorita se oía a lo lejos en la oscuridad de la noche. Eso me inspiró, e hizo que hasta se me quitara el mal humor. Empecé a escuchar unas cuantas notas y mi mente, en exceso realista e inflexible, como tu siempre solías decir, voló de regreso hacia nuestros momentos de efímera felicidad. Y es que debo confesarte que últimamente me he hallado recordándote hasta en los lugares menos pensados, donde todos los olores, y hasta los más impensables sabores me traen recuerdos que irremediablemente, sólo tu pudiste haber creado en mi vaga imaginación. Caminé un poco más bajo la pesada noche, dejando que el viento golpeara suavemente mi cara, como si quisiera lograr que borrara cada una de tus dulces caricias. De repente, Lenny se me acercó por la espalda y en un abrazo, me cubrió con una manta, aunque su tibio calor no se compara con la calidez de tus brazos. Hacía tiempo que no te aparecías por mi mente y admito que me era grato recordarte, así, con tus cabellos alborotados y rebeldes como tú, con tu sonrisa sarcástica y tus dos pedazos de carbón que hacían las veces de ojos. Tus ojos ingenuos y soñadores, ojos que siguen clavados en mi memoria.
Y me pregunté si ya habrías dejado de fumar, si ya habrías aprendido a no poner los codos sobre la mesa, o si ya habrías aprendido a no ser tan impuntual, cuando me hacías esperarte hasta para ver el fútbol. También me pregunté si habrías sido capaz de poner un poco de orden, sobre todo, en tus ideas enmarañadas, o si por fin aprendiste a tomar decisiones acertadas. Creo que nunca lo hiciste, y nunca lo harás, pues fueron esos los detalles que nos causaron tantas diferencias, y los que conquistaron a tu nueva adquisición.
Han pasado varios años, y aún preparo el café de la misma forma que a ti tanto te gustaba, en honor a tu nombre. Todavía recorro los mismos lugares, escucho las mismas canciones, frecuento los mismos bares... Hay muchos detalles que Lenny no entiende, y me tacha de ser una persona interesante, pero esas son simplemente cosas que sólo tu y yo hubiésemos comprendido, al mirarnos a los ojos y reírnos como niños. Lenny no puede entender porqué, a pesar de ser yo tan exigente, aún tolero la impuntualidad...
Pero esta vez se me hizo un poco tarde, y tenía que continuar.

0 dejaron su huella:

Publicar un comentario