Acababa de llegar a la estación de enfermeras del área de cuidados intensivos. Había pasado de la sala de emergencias hasta nuestras manos, puesto que había sufrido un accidente en motocicleta, mientras que un conductor descuidado manejaba por las calles a toda velocidad a altas horas de la noche.
Sus heridas no eran tan graves, sólo que tardarían algún tiempo en sanar.
A la mañana siguiente, yo era la enfermera en turno y tenía que hacer mi revisón de rutina con mis pacientes. El nuevo paciente me había sido asignado, y tendría que seguir las instrucciones del doctor cuidadosamente.
---Buenos días, Señor Monterde--- dije yo, a manera de mi usual saludo matutino. Se le ve un poco más recuperado---
--- Cómo no voy a estarlo, si me han asignado la enfermera más dulce de este hospital.--- respondió él, mientras que un calor me subía despacio hasta la cara.
Y después de unos minutos de conversación de protocolo, reuní todos los materiales necesarios para la curación de sus heridas.
Y estas visitas se repetieron casi a diario. Mientras me agachaba para limpiar cuidadosamente las heridas en sus piernas, trataba de no mirarle a los ojos para que no descubriera que era de mi total agrado. Otras muchas veces lo descubría mirándome a hurtadillas, y mis manos se resbalaban dentro de mis guantes de látex. Mi frente se llenaba de pequeñas gotitas de sudor al sentir sus ojos sobre mi cada vez que le aplicaba cuidadosamente la solución de yodo.
Cuando me asignaban otros pacientes que no fuera él, me apresuraba a realizar mis tareas con los otros enfermos, sólo para tener la oportunidad de ir a saludarlo y admirar su cálida sonrisa. Desde entonces los días en el hospital se me hacían más cortos, y deseaba que nunca terminaran.
Su pierna se ponía cada vez mejor, y la terapista decía que pronto podría caminar normalmente. Una vez que lo hizo, notitas con frases ingeniosas aparecían misteriosamente en mi carpeta con su historial médico. "Para la enfermera con la sonrisa más angelical de este hospital, que se le ponen las mejillas rosadas cada vez que la miro" o frases como "Si sentir tu presencia significa estar atado a una cama de hospital toda la vida, más me valiera no ponerme bueno nunca." Y al leerlas no podia hacer más que sonreír maliciosamente. Aunque interiormente también deseaba que no se aliviara pronto. Qué enfermera tan inconsciente le había venido a tocar!
A los pocos días después, una de mis compañeras de turno recibió una llamada.--- Vendrán por Monterde en unas cuantas horas. Ya se ha puesto mejor y no necesita más los cuidados del hospital.--- Sentí un calor frío esta vez, contrario a las veces en que mirándome, no hacía más que ponerme colorada.
---Cariño, no sabes cuánto te he extrañado. París estuvo maravilloso, ah, y no tienes idea de lo espléndido que es Roma. Y ni hablar de las ruinas griegas--- dijo la rubia desaliñada con su voz de silbato.---Pero ya tendremos tiempo de hablar de eso después, por ahora hay que sacarte de este horrendo lugar, dime te han tratado bien?---
Tenía ganas de tomarla por el cuello y desplumarla como la polla ridícula que era. Sus piernas de garza apenas podían sostener el peso de sus enormes tacones, con los que caminaba como si cargara piedras en ellos.
--- Alicia, ésta es mi prometida--- dijo él con una voz plana. ---Si, nos casaremos en cuanto Marcos se ponga mejor--- chilló la garza, mostrando el enorme diamante en su dedo.
Ella lo abrazó y yo no hice más que presenciar la romántica escena. Él me miró con una sonrisa agobiada, como si quisiera borrar ese momento. Yo me apresuré a salir del cuarto, frunciendo el ceño, con una cara tan agria como la de un limón.
Lo vi salir, ya no con su bata de hospital, sino con sus ropas de calle. Se veía como un príncipe, hermoso y con garbo. Ya no llevaba su barba, aunque aun caminaba despacio.
Por qué habrá tanta gente tonta en el mundo?
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