30 de abril de 2009

En un cesto de basura

Escribía deprisa, mojaba la enorme pluma en su tintero fiel.
De cuando en cuando, sin darse cuenta, lamía su pluma, como si su saliva fresca fuese a darle vida a sus palabras. Y mientras tanto, en la oscuridad de un rincón la observaba callado.

De repente sus líneas no eran muy claras y arrugaba el ceño con un gesto enfadado. Otra pieza mas de papel que iría a dar al cesto de la basura.

Se ponía de pie y caminaba de un lado a otro, como si esperase que las ideas caminaran con ella. Y vaya que sus pasos eran largos y acompasados, largos como su figura, pero no muy acordes con el ritmo de sus pensamientos.

Y volvía aquella esbelta figura desaliñada a sentarse junto al fuego, como si éste le pudiera dar un poco de calor a sus frías manos. Tal vez eran garabatos los que escribía, y por ello el motivo de tanta tinta desperdiciada. El frío muchas veces entorpece no solo a unas frágiles manos, sino también a corazones débiles.

Al final del día,  mientras observaba por la perilla de la puerta de us habitación, podía ver como sonreía y lloraba al mismo tiempo. Yo era sólo un chiquillo y mi mente no entendía muchas de esas cosas. Cómo ella, de porte tan majestuoso y de semblante tan sereno, se doblegaba ante algo que mis ojos no alcanzaban a ver, o que mi febril mente no podía discernir.

 Y al igual que cada noche, se limpiaba sus lágrimas mientras llenaba de besos los pedazos de papel corrugado, que como siempre, terminarían en el cesto de la basura.

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