Escribía deprisa, mojaba la enorme pluma en su tintero fiel.
De cuando en cuando, sin darse cuenta, lamía su pluma, como si su saliva fresca fuese a darle vida a sus palabras. Y mientras tanto, en la oscuridad de un rincón la observaba callado.
De repente sus líneas no eran muy claras y arrugaba el ceño con un gesto enfadado. Otra pieza mas de papel que iría a dar al cesto de la basura.
Se ponía de pie y caminaba de un lado a otro, como si esperase que las ideas caminaran con ella. Y vaya que sus pasos eran largos y acompasados, largos como su figura, pero no muy acordes con el ritmo de sus pensamientos.
Y volvía aquella esbelta figura desaliñada a sentarse junto al fuego, como si éste le pudiera dar un poco de calor a sus frías manos. Tal vez eran garabatos los que escribía, y por ello el motivo de tanta tinta desperdiciada. El frío muchas veces entorpece no solo a unas frágiles manos, sino también a corazones débiles.
Al final del día, mientras observaba por la perilla de la puerta de us habitación, podía ver como sonreía y lloraba al mismo tiempo. Yo era sólo un chiquillo y mi mente no entendía muchas de esas cosas. Cómo ella, de porte tan majestuoso y de semblante tan sereno, se doblegaba ante algo que mis ojos no alcanzaban a ver, o que mi febril mente no podía discernir.
Y al igual que cada noche, se limpiaba sus lágrimas mientras llenaba de besos los pedazos de papel corrugado, que como siempre, terminarían en el cesto de la basura.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario