18 de abril de 2009

Cartas de un corazón roto

Hasta el mismo aire me molestaba. Mis ojos se habían vuelto un torrente de lágrimas que servía para consolar a mi pobre alma dolorida. Había dejado de ser la misma desde que te conocí. Tratando siempre de complacerte y de agradarte, me olvide de mí misma por ganarme tu aprobación. Y me humillabas y me dolía. Sentía que la próxima vez me iba a desmoronar. Pero seguí allí, a tu lado, dándote siempre lo mejor de mi.

Siempre fui muy idealista, y soportaba con paciencia los desagravios, pues sabia que tú eras algo diferente a los demás. Todos te admiraban y parecían quererte, y yo sólo me conformaba con que me permitieras estar a tu lado. Imaginaba que algún dia recuperaríamos el tiempo perdido, y que tu carácter duro y orgulloso se iría desgastando poco a poco con la ayuda de ese ser pequeñito que venía en camino.
Deseaba que tu me quisieras igual, y que ya no fuéramos diferentes el uno del otro. Deseaba que tu soberbia no fuese tanta como para poder decir unas cuantas palabras dulces.

Y el tiempo paso, y nada cambió. No podía creer que circunstancias ajenas a nosotros nos hicieran tan diferentes, nos separaran como abismos. Habia creido en ti ciegamente y me habías decepcionado. Te había dado lo mejor con la esperanza de algún día poder mover tu corazón de piedra y ganarme un poco de tu cariño. De nada me servía llorar, pues eso no conmovería tus más profundas fibras, aunque si aliviaba un poco el dolor que me quemaba por dentro. Debí haberlo intuido desde el principio, pero mi ingenuidad no me permitia ver.

A pesar de todo, siempre ocuparás un lugar importante en mi corazón, y pediré a Dios por ti para que te encuentres bien donde quiera que estés. Y recuerda que tu siempre serás para mí lo que yo nunca seré para ti.

Te quiero.

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