Muchas situaciones hubieron de pasar para poder llegar hasta donde estamos. Muchas de ellas jamás las imaginamos posibles, y tantas otras que esperábamos aún están por ocurrir.
Fuimos producto de la semilla plantada en diferentes lugares, pero provenientes de la misma mano.
Crecimos en jardines distintos y nuestros fines fueron diferentes.
Hasta que vine a parar en el borde de tu ventana.
Entonces empecé a ser parte de tu vida, aunque tu de la mía siempre lo habías sido.
No eramos iguales, éramos más bien completamente diferentes.
En el jardín había esas rosas rojas que al instante llaman la atención por su porte y su color.
Pero también tenían espinas.
Del otro lado había dientes de león, frágiles a la vista, capaces de desaparecer ante el más mínimo soplo.
No podía esperar para decirte que había esperado ese momento desde siempre.
Entonces supe que todo ese tiempo algo nos había unido.
Y desde ese momento supe que nuestras vidas serían diferentes.
A veces la gente se encarga de esparcir los pequeños fragmentos del diente de león, a manera de deshacerse de él. Pero no cuentan con que al esparcirlo no desaparece, sino que está siempre presente, por todas partes.
Pero somos hijos de la misma tierra, sembrados por el mismo jardinero.
Y me alegro de haber estado allí cuando volviste con el corazón roto.
Sólo toma mi mano, y confía en que todo estará bien.
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