Ya se acercan las fiestas decembrinas, y con ellas también viene los regalos, los centros comerciales donde no hay lugar para un alfiler, y donde la cartera se estira hasta que el cochinito se rompe. Entre toda esta algarabía, la gente que corre como loca por todos lados, buscando cómo decorar la casa mejor que el vecino, tratando de comprar los regalos más costosos a los niños y vestir las mejores ropas para recibir el nuevo año llenos de supersticiones. Todo esto no tiene más que de raíz la frivolidad, que si bien podría ser consecuencia del clima tan gélido que se experimenta en algunas áreas del hemisferio norte, parece ser que muchas veces hasta llega a congelar nuestros propios corazones. Últimamente me parece que toda esa parafernalia que se crea con el propósito de vender ha alcanzado niveles que más que ridículos, me parecen más bien ofensivos. Y nos olvidamos de nuestra condición más noble y de lo que en realidad tiene valor, porque el poder de adquisición nos inunda y nos sentimos con poderes sobrenaturales.
Con motivo de estas fechas, y después de estar ausente por un buen tiempo, hoy les comparto un cuento que leí cuando era pequeña, y que aún a estas alturas, no puedo evitar llorar cada vez que lo leo.
La niña de los cerillos
Era la última noche del año, ¡Víspera de Año Nuevo y hacía mucho frío! Nevaba y pronto iba a ser de noche. En el frío y la obscuridad, una pobre niñita vagaba por la calle, descalza y sin bufanda en la cabeza. La verdad es que, antes de salir de la casa llevaba zapatillas, pero no le habían servido de mucho. Estas eran demasiado grandes y su madre ya las había usado.
Eran tan grandes que la niñita, en su prisa, las había perdido al cruzar la calle entre dos carretas. Una de las zapatillas nunca la encontró y la otra la encontró un niño que quiso usarla de cuna para cuando tuviera sus propios hijos. La niña vagaba por la calle, con sus pies descalzos, los cuales estaban azules por el frío, En su viejo delantal llevaba varios cerillos y tenían un manojo en su mano. Había sido un mal día para ella; nadie le había comprado ni un cerillo y no había ganado ningún centavo. Tenía hambre y frío, y se veía muy débil. ¡Pobre niñita!.
Desde todas las ventanas se veían las luces que brillaban y la calle entera despedía el maravilloso aroma de la carne asada. Lo único en que la niñita podía pensar era que esa noche era la víspera de Año Nuevo. Ella se sentó en una esquina y trató de calentarse entre dos casas. Sintió más y más frío pero no se atrevía a volver a la casa porque no había vendido ni un cerillo, y por ello no había ganado ni un centavo. Su padre la podría golpear y, por otro lado, hacía frío en la casa también. Ellos vivían en una pequeña casita y el viento se colaba por todos lados, a pesar que las grieta grandes las habían tapado con paja y trapos.
Sus manitas estaban casi muertas por el frío. ¡Un cerillo encendido por lo menos los ayudaría! ¡Si tan solo pudiera sacar uno del manojo, encenderlo contra la pared, y calentarse los dedos! Entonces sacó uno. ¡Whoosh! ¡Cómo chispeaba! ¡Cómo encendía! Era una llamita suave, igual que una velita protegida con las manos alrededor. ¡Pero que luz más extraña! A la niña le pareció que estaba frente una cocina de hierro grande con cacerolas y ollas con perillas de metal pulido y brillante. ¡El fuego era magnífico y daba tanto calor! La niña había apena estirado sus pies para calentarlos, cuando la llama se apagó y la cocina desapareció.
Ella quedó allí sentada con solo un pedacito de cerillo quemado en sus manos.
La niña había apena estirado sus pies para calentarlos, cuando la llama se apagó y la cocina desapareció. Ella quedó allí sentada con solo un pedacito de cerillo quemado en sus manos. La niña encendió otro cerillo que brillo, y donde la luz se reflejaba en la pared se veía transparente como una gasa. La niña podía un cuarto donde había una mesa cubierta con un metal blanco y un juego de porcelana fina. Había un ganso asado, relleno con ciruelas y manzanas, que llenaba el cuarto con un delicioso aroma. ¡Qué sorpresa! De repente el ganso saltó del plato y rodó por el piso, justo hacia donde estaba la pobre niña.
Tenía el tenedor y el cuchillo todavía en su lomo. Entonces el cerillo se apagó y no quedó nada, excepto la gruesa y helada pared. Ella encendió un tercer cerillo. Inmediatamente se vio sentada bajo un magnífico árbol de Navidad. Era mucho más grande y mejor decorado que el que había visto a través de los ventanales de cristal de la casa del comerciante rico la Navidad pasada. Miles de velas estaban encendidas sobre las ramas verdes, y parecía que todas las figuras de colores le sonreían. La niña levantó ambas manos y el cerillo se apagó. Las velas de Navidad se elevaban más y más alto, y entonces se dio cuenta que eran estrellas.
Una de ellas cayó, dejando una larga línea de fuego en el cielo. "Alguien se está muriendo," susurró la niña, pensando en su abuela, quien había sido la única persona buena con ella, pero que ya había muerto, y que solía decirle: "Si ves caer una estrella quiere decir que un alma va para el cielo". Raspó otro cerillo en la pared, el cual le dio magnífica luz. Esta vez, en medio del resplandor, ella vio a su abuela. Se veía tan dulce y tan radiante!
"Oh Abuelita, llévame contigo", gritó la niña. "Cuando el cerillo se apague, yo sé que tu ya no estarás aquí. Tu habrás desaparecido al igual que la cocina de hierro, el ganso asado y el hermoso árbol de Navidad". De pronto, ella encendió el resto del manojo de cerillos porque quería seguir viendo a su abuela, y los cerillos brillaron gloriosamente, más que la luz del día. Nunca había visto a su abuela tan alta y tan hermosa.
Ella tomó a la niña en sus brazos y las dos volaron llenas de radiante felicidad, más alto y más alto hasta donde no hacía más frío, no se sentía más hambre y no había más sufrimientos. Ellas estaban en el paraíso. En el frío, temprano por la mañana, la niña seguía sentada entre las dos casas. Sus mejillas estaban rosadas y tenía una sonrisa en sus labios. Estaba muerta, congelada por el frío en la Víspera de Año Nuevo. La mañana del Nuevo Año brilló sobre su pequeño cuerpecito sentado allí con los cerillos, una madeja quemada casi por completo. "¡Ella sólo quería calentarse!" Dijo alguien. Pero nunca nadie supo las hermosas cosas que ella había visto, ni en que resplandor había entrado en el Año Nuevo con su vieja abuela.
Hans Christian Andersen
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