19 de octubre de 2009

De la virtud humana

Reuniéronse en determinada ocasión varias mentes ilustres de la antigua Grecia. Estaban allí varios pensadores, quienes eran fieles defensores a alguna corriente de pensamiento en particular, junto con sus discípulos, los cuales trataban de imitar el estilo de vida de sus preceptores.
Hallábanse un buen número de hombres de distintas complexiones e intelectos. Estaban todos sentados en círculo, soportando pacientemente los tibios rayos que emanaban del astro celeste. De repente uno de ellos, con las sienes blancas y el cráneo desnudo, comenzó a a hablar en un tono más elevado al de los demás.

- ¿Cuál es entonces, queridos amigos, la más grande virtud que un mortal puediese poseer?- preguntó con fuerza el robusto anciano. ¿Será acaso la valentía, la nobleza o la inteligencia?

-Sin duda que la mejor virtud que un espartano pueda tener es la valerosidad- repuso sin pensar dos veces un hombre de considerable estatura. -La fuerza de los puños, combinada con un corazón valeroso son la mejor defensa ante cualquier enemigo.

Después de la peculiar respuesta del ex-soldado Licurgo, los presentes comenzaron a murmurar entre sí. Si bien en la antigua Grecia la visión de un verdadero hombre era concebida como la de un guerrero, en la orbe del pensamiento, el uso de la fuerza física para resolver diferencias era el método menos adecuado.

-Mi señor- respondió con una voz quebrada un joven de apariencia menuda. - Creo que la más grande de las virtudes humanas es la de un intelecto fecundo. No hay nada mejor que una mente fértil, en la que las ideas son como semillas que crecerán hasta llegar a convertirse en grandes obras, las cuales serán producto de la admiración de los demás. Mi filosofía son las matemáticas, y de ellas obtengo las respuestas que mi gente y yo necesitamos. Contrario a las personas, los números nunca engañan.

-Bien respondido, Milcíades.

- ¿ Y qué hay de los dones brindados por nuestra diosa Afrodita? La belleza debería ser la virtud más admirada, puesto que es la máxima expresión de perfección que los dioses nos hayan podido otorgar. Al poseer uno la belleza, todas las puertas le son abiertas.

- Muchacho, ¿no recuerdas tú la historia del pobre de Narciso, a quien por vanidoso los dioses le castigaron haciédolo echar raíces junto al estanque?- replicó un hombre de edad mediana, cuyo rostro estaba cubierto de cicatrices por haber salvado a una niñita de un incendio. -Si la belleza fuese la más grande virtud humana, sólo unos pocos podrían gozar de ese beneficio. Sin embargo, una verdadera virtud es algo que uno alcanza a través de esfuerzo y dedicación. La belleza exterior, comparada con la nobleza, es algo por lo que un mortal no necesita trabajar para ganarse, por lo que no puede ser una virtud.

Hubo una ola de aprobación entre los sofistas ante la disertación del buen Lisandro, mientras que otros empezaban a mumurar acerca de las posibles virtudes que otorgaban valor a los hombres.

Mientras tanto, el viejo Diógenes se acercó hacia el grupo de hombres con una lámpara en la mano, cuando los rayos del sol parecían brillar en todo su esplendor.

-¿Qué haces con esa lámpara y a plena luz del día?- preguntó Eurípides.

-Busco a un hombre- respondió a secas el viejo Diógenes, quien era conocido por su característico sarcasmo.

- Pero si todos los aquí presentes, y esta ciudad entera está llena de hombres- contestó uno de los del grupo.

-¡Brutos!
Busco a un hombre de verdad, a uno que se a capaz de vivir por si mismo y que no se confunda con el resto del rebaño. Un hombre que sea capaz de cultivar las virtudes humanas de la prudencia, la justicia y la fortaleza. La práctica habitual de las virtudes éticas hace al hombre moral y lo dispone a la felicidad. ¿Son ustedes morales y como consecuencia de ello, felices?
-No me den una respuesta, ganado embrutecido. Ya regresaré por estas tierras infértiles, que no pueden producir aún frutos dignos de los dioses.

Y el viejo Diógenes recogió su lámpara del suelo y continuó su camino hacia Corinto, donde habría de morir en el año 327 a.C.



Adaptación de fragmentos de la vida de Diógenes, filósofo griego considerado como el miembro más destacado de la escuela cínica fundada por Antístenes.
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