Me acerqué despacio hacia ella, me tomó la mano y la colocó sobre su corazón.
---¿Puedes oírlo?-- Me dijo, dibujando una sonrisa amplia en su boca. -- Eso significa que aún tiene vida, aunque a veces late al ritmo que le place... Pero pronto me traerán uno mejor, ¿verdad?--
Yo no dije nada, sólo asentí con la cabeza y le regresé una sonrisa de falsa aprobación.
Al día siguiente, dos enfermeras entraron a su cuarto como cada mañana desde hacia, Dios, desde hacia ya varios meses. Una de las enfermeras revisó los signos vitales, mientras que la otra se encargaba de arreglar su cama y ayudarle a tomar un baño, que con el paso de los meses, una actividad tan normal para cualquier ser humano resultaba agotadora para ella. Sus pasitos eran lentos y cansados; yo observaba su figura frágil y pequeña y, aunque trataba de animarla y ponerme mi disfraz de todo va a estar bien, por dentro estaba deshecha. El sólo hecho de pensar que aquella niña tan delicada, como sacada de cuento, no podría vivir su vida de ensueño... Mis ojos se llenaban de lágrimas al ver como se me iba, como el reloj que desgasta las horas que no vuelven más.
--- ¿Mamá?-- me dijo con su vocecita quebrada. --- ¿Tu sabes como es Dios?---
Su pregunta hizo que se me formara un nudo en la garganta, pues nadie mejor que yo sabía que encontrar un corazón de su tamaño era muy remoto, y que lo inevitable podría ocurrir en cualquier momento. Ya había sido sometida al defibrilador en varias ocasiones, y el médico nos había adelantado que probablemente su corazoncito no resistiría otra vez más, y que por ende había que estar preparados para la despedida. ---Hmm, pues se dice que Dios es un ser muy bueno y lleno de amor, pero en realidad no se sabe cómo es porque nadie nunca lo ha visto--- Respondí, aunque no muy convencida de lo que decía, pues yo había perdido mi fé el día que Maggie había caído enferma, y dudaba aún de que tal Dios existiera. ¿Cómo podía un Dios así permitir que una niña tan buena e inocente como mi Maggie se estuviera muriendo? ¿Qué había hecho ella para merecerse algo así? Buscaba inútilmente respuestas a mis preguntas, pero no las encontraba. --- Pues yo ya lo he visto--- me dijo Maggie, muy convencida y feliz. --- ¿Y sabes una cosa? Tiene ojitos de mezclilla.---
La señora de la limpieza pasaba cada tarde, alrededor de las seis, a la hora que Maggie veía sus caricaturas de Bob Esponja y tomaba su cena. Era un viernes, y la mujer no pasó por el cuarto de Maggie, pero en su lugar, mandaron a un buen hombre, que se veía cansado al caminar. En ese momento, mi celular empezó a timbrar y me apresuré a salir del cuarto para tomar la llamada. Era el doctor Ibáñez, para informarnos que había un corazón disponible para Maggie.
Una vez que terminó de limpiar, el hombre salió del cuarto y lo menos que pude hacer fue devolverle una sonrisa de gratitud, y al observar su rostro arrugado, me dí cuenta que tenía unos ojos de un azul brillante, que no correspondían con la edad que aparentaba. Sentí una calma que desde el día que Maggie enfermó no había sentido.
No sé si ese hombre era hombre era el mismo que Maggie vio, y que en su imaginación confundió con Dios. No lo sé. Lo que si sé, es que a través de la enfermedad de mi Maggie, volví a ser un ser humano, y no un robot que hace las cosas automáticamente. Volví a ver la alegría en las cosas pequeñas, y a atesorar los buenos momentos. Ese hombre, con los ojitos de mezclilla, me había devuelto a mi Maggie, pero sobre todo, me había devuelto la fé.
Inspirado en el libro "A Change of Heart" de Jodi Picoult
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