Hace ya tiempo atrás me encontraba yo paseando por un centro comercial, en uno de esos donde abundan las chicas con sus bolsos de diseñador, y maquillaje como de frescos de Rivera. Si, de esas chicas que solo piden ensalada para almorzar, y que sea con aderezo light, por aquello de las calorías. Digo, porque para lograr figuras como esas, dos horas de gimnasio diarias no son suficientes.
Caminé despacio entre el tumulto de gente, pues pronto sería día festivo y las ofertas estaban a pedir de boca por doquier. Debí haber sabido mejor que nadie, que esos no eran los mejores días para ir de compras, pero me fascinaba ver la actitud desenfrenada de los consumidores que pagarían un ojo de la cara por estar a la par con el vecino, comprando la última cháchara del mercado, aunque no sepan ni siquiera para que se usa.
Después entré a una tienda de vestidos, y aunque mi look de 'retrato' me pedía a gritos uno, pensé dos veces en si sería mejor tener al estómago contento o al espejo. Y es que a veces el espejo puede ser muy exigente, y al final, siempre sale uno peleada con el. Luego de probarme varios modelos, decidí que en realidad lo mío, lo mío, no es la moda (cosa que confirmo cada vez que es hora de probarme ropa). Por eso decidí mejor consolarme con un buen trozo de pizza, aunque después me estuviera lamentando porque el espejo y yo no somos los mejores amigos.
Una vez que hube satisfecho mi hambre, mi última parada del día era una zapatería. Eso si, los zapatos no te hacen caras en el espejo, al contrario, puede ser tus mejores amigos a lo largo del día. Me encontraba observando, midiéndome, y pidiendo distintas tallas (como si en realidad fuera a comprar), cuando veo que se acerca una rubia despampanante, hablando por su celular. --Si bebé, la party de anoche estuvo di-vi-na. Ahorita voy saliendo del club y vine a comprarme unos zapatos para la cena de esta noche. Tienen que combinar con el vestido que me regaló tu mami. Y tu, bebé , ya sabes que te tienes que ver hermoso, no?---Lo dijo con una de esas voces nasales que hasta da pereza oír. Probablemente era más información de la que uno necesita saber, pero en esos lugares, había que soportar frecuentemente a gente así. La güera peliteñida se sentó, y le ordenó muy autoritariamente a uno de los empleados de la tienda que le trajera un número 7, ---Pero ya!!---
Los zapatos rojos más sexys que he visto en mi vida venían de la mano del empleado con la sonrisa más bonita, que por estarle poniendo atención a la güera, no había notado. La señorita esta se probó las zapatillas rojas de charol y se miró frente al espejo. Dios, que si se veían bien! Contrastaban perfectas con el color claro de su piel, y realzaban sus torneadas piernas, añadiéndole garbo y altura a su delicada figura. Ella sonrió en aprobación, y el empleado le devolvió una sonrisa aún más amplia. ¿Que qué fue lo primero que pensé después de eso?
¡Tengo que llevarme esos zapatos!
Pedí mi número, me los medí y me apresuré a hacer fila para pagar. Los zapatos no estaban en oferta, pero uno no se encuentra algo asi tan deslumbrante todos los días. Me formé detrás de la rubia, y el olor a su perfume caro ya estaba empezando a marearme. El dependiente le leyó el total, mientras ella añadía un juego de pendientes con su respectivo collar que estaban en el mostrador. Sin soltar ni un minuto su celular de última generación, se apresuró a sacar de su bolso carísimo de París una cartera, que por lo menos costaba una de mis quincenas completas.
--- Disculpe señorita, su tarjeta no pasa---
---¿Que qué?---Dijo la güera, al tiempo que se le deshacía el peinado.
---Aqui tiene esta otra--- dijo ella, extendiéndole una tarjeta de crédito con letras doradas. Yo sólo me limité a ser testigo de tremendo oso, y miraba mis hermosos zapatos rojos, que me dejarían tan pobre como a la güera.
Ella salió muy enojada del lugar, maldiciendo a los mil demonios y a toda la corte celestial, y que si supieran quién su papi y cuentos de esos. En eso me acerco a la caja, y el dependiente me pregunta --- ¿Es todo lo que va a llevar señorita? Déjeme decirle que esos son los zapatos rojos más bonitos que nos han llegado desde que abrimos esta tienda.---
--¿Sabe que, joven? Creo que no se me ven tan bien como a la señorita. No, definitivamente no son de mi estilo.
Y de regreso a casa, me decidí a pasar por mi nevería favorita, que probablemente no está a la altura de peliteñidas, pero que sirve los mejores helados dobles de chocolate bañados en jarabe de fresa.
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