Ya no hay quien me repita que baje los pies de la mesa, ni quien me diga que use los calcetines del color de mis zapatos...
Ya no estás ahí para hacerme reír con tus chistes malos, y obligarme a comer tu sopa de pollo que aunque sabía a rayos, aún así, extraño...
No estás ahí para cantar tus canciones en el carro, y dejar que se te manche la cara con helado...
No estás ahí para ver mi futuro en tu retrato, para hablar de chismes del espectáculo, para contarme como te fue en el trabajo...
Y no estás ahí porque no estés, sino porque no quieres estar. Es más facil ponerte tu disfraz de orgullo que aceptar tus errores con humildad.
Por Dios, contesta ese teléfono y vuelve a casa.
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