18 de octubre de 2010

La silla

Los segundos transcurren lentamente cuando uno espera. Y se hacen aún más eternos cuando uno está solo, sin más compañía que una silla al lado en una sala de hospital. Y así estaba aquella niña, leyendo un libro de pastas ilustradas con mágicos paisajes y y un separador de páginas con la imagen de un búho. Allí, ella hacía el máximo esfuerzo por  leer el último libro de Harry Potter mientras mirando por debajo de sus anteojos, escuchaba los estruendosos taconazos de la exótica secretaria, que con voz chillante y gangosa salía de cuando en cuando de su cubículo a llamar a alguien.

Maribel, una joven alta y de aspecto lánguido, sentía en cambio que la vida se le iba rápidamente de las manos. Tanto ir y venir la estaba cansando, y el ocuparse sólo de agradar a los demás no le dejaba tiempo para vivir. Y aún así, sonreía como si nada pasara,  como si la vida no doliera, y caminaba al compás de la enfermera por los sombríos pasillos de aquel enorme hospital. Era una fría mañana de invierno, y el sol apenas se empezaba a asomar por los grandes ventanales de aquel lúgubre sitio.

Una silla vacía. La única en esa salita de espera.  En ese lugar repleto de gente, gente desaliñada y sin desayunar, gente que tal vez ni siquiera durmió en su casa. Gente que tal vez ni siquiera tiene una casa...
Y al sentarse en la silla vacía, al lado de la niña del libro de cubiertas coloridas, Maribel se sintió confortada. A pesar de estar entre tanta gente, tanto ruido, tanta enfermedad, ella estaba sola, sola en aquella silla fría que de solo sentarse duele la espalda. Pero aunque tantas veces ella había pasado por lo mismo, no podía acostumbrarse al dolor. Ella no importaba allí, pues cada quién estaba ocupado en llorar su propia desdicha.

A pesar de todo, Maribel respiró con alivio. Aunque sin hablar, de cuando en cuando la niña de al lado la miraba de reojo, y Maribel sentía un sosiego en su alma. La consolaba el saber que la niña estaba allí, en ese lugar poblado de gérmenes y desgracias, y no en la escuela como todos los demás niños.

Y aunque ambas estaban ahí por diferentes razones, unían sus corazones en el mismo dolor. Dolor físico, dolor del alma. Dolor de muelas, dolor por la falta de esperanza. Dolor de niña, dolor de mujer. Al fin y al cabo dolor, y no por eso más o menos importante. Dolor en sí, dolor incomparable.

Y dio gracias a la silla, por unirlas allí, en esa fría sala de hospital.

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