- Me gusta este final,- se dijo una vez que había terminado de escribir las últimas notas. Las repasó una vez más sobre las brillantes teclas de su Steinway, que había mandado traer exclusivamente de la mejor casa manufacturera de Hamburgo para practicar sus nuevas obras de arte. Era un piano magnífico, del mejor ébano que se puede conseguir en tierras europeas. Su enorme cola iba perfectamente con la majestuosidad de semejante instrumento; imponente, como armónicos golpes de martillo que resonaban sobre las teclas de hechura bávara. Era sin duda alguna, un pianoforte digno de un artista como él.
Pasaba largas horas frente a millares de hojas llenas de pentagramas; unas llenas de corcheas, sostenidos y bemoles; otras vacías, pues sus mejores obras aún estaban por escribirse. Pasaba sus finos y alargados dedos sobre las teclas dicromáticas, y de este modo repetía las notas que resonaban en su cabeza. Si el sonido era de su agrado, se apresuraba a escribirlas sobre su libreta. Si no le gustaba la melodía, se levantaba del banquillo y caminaba como un animal cautivo entre las paredes de su desordenado estudio. Se llevaba las manos a los cabellos, y desperadamente los jalaba, como si tratara de arrancar las últimas gotas de creatividad de su mente. Y así eran sus días. Meses. Así había sido su vida. El insomnio era su compañía por las noches, y por alimento tenía sus breves explosiones de arte.
Si alguien alguna vez le hubiese preguntado cómo hubiese definido su vida en una palabra, seguramente el hubiese respondido con la palabra perfección. Perfección, perfección, perfección. Debía producir la pieza perfecta, la más expresiva, la mejor melodía. Sus delicados dedos, casi parecidos a los de una doncella, en ocasiones sangraban hasta que ya no respondían más al trémulo staccato. En su mente no podía existir cosa alguna que no fuera su música y la perfecta interpretación de la misma.
Y a tal grado llegaba su obsesión que se había olvidado de todo cuanto existía a su alrededor. Estaba aislado de todo contacto humano. La única persona con quien en ocasiones intercambiaba miradas era su ama de llaves, quien cuidaba de él en ocasiones, puesto que al haber derrochado sus ingresos en cosas inútiles, carecía de dinero para sobrevivir. Su única familia, una hermana que vivía en las afueras de la ciudad, rara vez lo visitaba. Él se mostraba siempre frío e indolente con cualquier ser vivo que cruzase por su camino.
Había terminado ya las últimas notas que adornarían su magistral concerto, obra que presentaría en el festival de las artes de la ciudad. Era un festival muy popular, al cual se daban cita los mejores pianistas del mundo y presentaban sus creaciones maestras. Ya podía saborear el éxito de su victoria cuando interpretase el tercer movimiento de su concierto. Imaginaba con placer a la enorme multitud de pie; las damas secando las lágrimas de felicidad con sus finos pañuelos, los caballeros aplaudiendo con admiración. Hasta el mismo Beethoven lo reverenciaría desde su tumba, y Chopin elogiaría sus lúgubres notas. La humanidad no habría conocido mejor pianista que él.
El gran día llegó, y el pianista vistió sus mejores galas. Podía decirse que hasta la flor que llevaba en la solapa combinaba con un día tan perfecto, con ese día tan esperado. El conductor mencionó su nombre y el pianista subió al estrado. Con un reverencia saludó a su público y se sentó muy recto en el banquillo. La orquesta ya estaba lista. Hizo un ademán de esos que hacen los pianistas cuando van a comenzar a tocar. El primer movimiento de su esperado concierto fue una hermosa sonata. Y así continuó, donde todo parecía salir tal y como lo había esperado.
Con una sonrisa en los labios, empezó a deslizar sus delicados dedos sobre las teclas. La música parecía fluir por sus venas y su interpretación era tan limpia y emotiva como la de los grandes virtuosos. Sus arpegios, perfectos; sus múltiples acordes, brillantes. Sus dedos parecían bailar sobre un tablero de ajedrez.
Después de una hora terminó el concierto, y la multitud aplaudió con desgano. No hubieron damas llorando de emoción ni caballeros vitoreando. El pianista había puesto todo su esfuerzo en ese concierto, y si bien había sido algo cercano a lo perfecto, el público no lo apreció de la misma forma.
Hubo niños groseros bostezando, y preguntando a qué hora terminaría semejante aburrimiento. Mujeres gordas abanicándose con los programas y hombres que se levantaban en fila como hormigas para ir al baño. Cuando el pianista se levantó a recibir los leves aplausos, su sonrisa se desvaneció, y casi parecía desfallecer.
La muchedumbre se apresuró a salir del recinto y el pianista se quedó allí, abrazado de su hermoso piano. - En ese concierto acabo de entregar mi vida- murmuró, al tiempo que dos gruesas gotas manchaban el hermoso Steinway. Se quitó la flor de la solapa y recostó su débil cuerpo sobre las teclas, que produjeron una horrible disonancia al instante. Ya nunca más se supo de él. Nadie más volvió a saber de la majestuosidad de sus composiciones.

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