3 de agosto de 2009

El ave del Paraíso



Por las inmensas planicies de un lugar lejano, lejano para nosotros, comúnes mortales de barro, habitaba una especie de pájaro muy diferente a la que el ojo experto jamás haya tenido la certeza de observar. Muchos aseguran que el lugar estaba cerca del Jardín del Edén, por allá donde se cruzan los ríos Tigris, Phison, Gihon y el Éufrates. Era el lugar más hermoso que cualquier objeto de la imaginación humana jamás haya tenido contemplación alguna, aunque otros tantos aseguran que ese lugar era el mismísimo Jardín del Paraíso donde habitaba el misterioso pájaro. El mismo lugar donde Adán y Eva habían comido del fruto prohibido, el paraíso mismo que había sido la causa de sus desdichas.
Por medio de las tantas historias traídas por el viento silbador, que todo huele y todo lo ve, se decía que los cuatro ríos eran la fuente de felicidad del paraíso. El Gihon, mientras discurría por el Jardín, llevaba la más pura miel de las abejas en sus venas, y estaba situado en el Oriente. De blanca leche era el Éufrates y fluía con fuerza por el Oeste del Edén, mientras que el Tigris se encargaba de saciar la sed más feroz con las aguas más cristalinas y puras. Por último, el río Phison, el cual era de vino y discurría por el sur. En la Tierra, este último río es llamado Amu-Darya y atraviesa Afganistán y la región de Turkmenistán, aunque la miel, la leche, el agua y el vino no fluyen más por las afluentes del río, ya que al intentar mirar el paraíso con ojos mortales, todo desaparece a la velocidad de la luz.
Ese remanso de paz era el hogar del misterioso pájaro verde. El pájaro, al igual que el Jardín, eran producto de la creación original, y el mismo Adán se había encargado de darle un nombre. Entre los demás animales de la creación, el pájaro había sido muy afortunado. Era hermoso, con un plumaje colorido y lleno de esplendor, como pocos pájaros habían tenido la fortuna de serlo. Su pecho estaba cubierto de pequeñas protuberancias que parecían trozos de zafiros contra la luz del sol, y su cola estaba repleta de finas y delicadas plumas, tan cuidadosamente situadas como el más costoso collar de esmeraldas. El ave vivía feliz rodeado de las delicias del Paraíso; su creador le había dotado de una belleza inigualable, y era admirado por todos los demás animales del Jardín. No existía sufrimiento alguno en un lugar tan santo; no había motivo de tristeza, pues todo ser que allí habitaba no había sido tocado por el pecado.
El pájaro recorría los verdes pastos del Edén y admiraba su colorido plumaje en las cristalinas aguas del Tigris. Volaba majestuoso por los nítidos cielos; cada vez que abría sus alas y alzaba el vuelo, sus plumas producían un suave chasquido que era como la música que se produce al tañer de las arpas. Su alimento eran los frutos de sabor más delicado: dulces higos que adormecen los paladares más exigentes, pequeños y amarillos mangos que al primer mordisco hacían cantar las mejores gargantas de placer. También había enormes melocotones de terciopelo, racimos de blancas uvas con sabor del mejor vino francés, así como jugosas naranjas con la pulpa más fresca.
Sucedió un día que el pájaro se acercó a las orillas del Edén, y habiendo sido advertido por el Todopoderoso de jamás intentar cruzar los confines del Jardín, tuvo curiosidad de saber que era aquello que se encontraba fuera de su alcance, que había sido considerado por Dios como indigno. Entre los demás animales, parecía ser el único en ser el más curioso, el más audaz. Quiso saber qué había en los lugares donde no había santidad ni felicidad como en el Paraíso; quiso aventurarse y ver el mundo que Dios había creado para los hombres y que ellos se habían encargado hábilmente de transformar.
Al ver que el ave iba de salida, Dios no se opuso, sólo le advirtió lo infeliz que sería en la Tierra. Le recordó que los hombres se habían vuelto criaturas insensibles a todo, y que su belleza no le salvaría del dolor. Aún sabiendo esto, el pájaro emprendió con más fuerza el vuelo y decidió cruzar por el camino donde se hallaba el Árbol del Bien y del Mal, quizá en los alrededores podría encontrarse con el primer y único hombre con el que había tenido contacto.
Sin embargo, su destino no fue así. Al no conocer el mundo de los mortales, su primera parada fue en un campanario de una vieja catedral, cerca de un palomar.
- Buen día, queridas compañeras,-habló el pájaro dirigiéndose a un par de palomos que a lo lejos juntaban trocitos de madera y barro para construir el nido.
-He viajado hasta aquí desde el Jardín del Paraíso para conocer el mundo de los mortales, y me gustaría saber si vosotros pudieráis guiarme en mi estancia por este mundo- replicó el ave con una voz confiada y respetuosa.
Los palomos no hicieron más que mirarse el uno al otro y soltar una estruendosa carcajada.
- ¿Un pajarraco como tú, venir del Paraíso? Déjame decir que no creas que por ser bonito te van a respetar esos que se dicen llamar seres humanos. Esto no se ha convertido en infierno porque todavía no hay fuego. ¿Y que traería a una urraca esmeralda como tú por estas humildes azoteas?- dijo el palomo, al tiempo que observaba con los ojos bien abiertos el espléndido plumaje del pájaro.
- Estoy aquí porque en el paraíso todo es perfecto; todo es belleza y bondad. En ese magnífico lugar no hay cosa que se pueda desear, pues la paz y la tranquilidad resuenan como música en los oídos. En el paraíso no hay tristeza ni maldad; no sabemos lo que es el dolor. Pero tampoco hay seres humanos.
- Aquí hay de esos a montón, pero ellos se alimentan de odio, de rencor y de maldad. En realidad no podrían vivir en ese lugar de donde tu vienes porque o lo destruirían o lo llenarían de contaminación. ¿No ves dónde tenemos que vivir nosotros, y aún así nos intentan sacar a escobazos cada vez que se les antoja que no nos vemos bien aquí arriba?- repuso un tanto molesto el palomo.
El campanario era parte de una iglesia muy vieja, que probablemente fue construida en la era medieval. Aún así, estaba bien conservada, con sus enormes torreones casi parecía una fortaleza, pero era la enorme cruz de la torrecilla en el centro la que la identificaba como un templo religioso. Por lo alto de las torres se podía ver el guano que bañaba las paredes de un color blanco grisáceo, producto de los miles de palomos que habían habitado las cumbres del campanario. A lo lejos, se podían escuchar las gargantas cantarinas entonando cánticos en latín, herencia de los monjes gregorianos que habitaban en el monasterio contiguo a la catedral. Cuando el eco del Salve Regina se escuchaba aún, una multitud empezó a salir por el portón principal, todos vestidos con sus mejores galas.
-¿Ves aquel hombre que está allá abajo sostenido por una muleta?- preguntó la paloma.
- Ha estado allí desde antes de que yo naciera, o al menos eso me contaron mis padres. Está ciego, no puede oír, y como puedes ver, le falta una pierna.
- Ya lo veo,- dijo el hermoso pájaro -¿pero cuál es el motivo de que esté allí, sucio, demacrado y con las ropas rasgadas que no lo cubren de este intenso frío?
- Habría que ser idiota para no darse cuenta que ese hombre es un mendigo- replicó en un tono burlón la paloma. - No hay alma alguna que se apiade de él y le de un refugio, ni siquiera un mendrugo de pan. Se dice que era un infiel, que blasfemaba contra Dios y que hoy está pagando su castigo. Si acaso habrá uno que otro hipócrita que por parecer un alma piadosa ante los demás le aviente con una moneda vieja.
Y esa noche, sin que los palomos se dieran cuenta, el pájaro decidió bajar hacia el pequeño rincón donde dormía el hombre. Se acercó despacio, y se percató del fétido olor que provenía de las llagas que se extendían por todo su cuerpo. El hombre era muy viejo, y además no tenía ya ni dientes. Estaba recostado sobre unos cartones que hacían las veces de un pequeño camastro, y su cuerpo débil temblaba febrilmente. Esa fría noche de invierno, el mendigo murió.
A la mañana siguiente había una densa niebla que cubría la atmósfera. Tal vez llovería o quizá habría un poco de nieve. Un par de oficiales llegaron al lugar donde había muerto el viejo, y con brusquedad echaron el cuerpo en una bolsa plástica negra. Como si fuera un objeto que jamás hubiese tenido vida. El pájaro observaba todo esto desde un escondite, y sentía cómo su pequeño corazón sentía dolor por primera vez. Era un sentimiento que le quemaba, que le oprimía el corazón como si quisiera ahogarlo. Minutos después, el ave salió despacio de su escondite y observó como se llevaban el cuerpo del hombre y lo colocaban en la fosa común. El pájaro miró hacia arriba y no pudo contener las lágrimas. -¿Es que acaso tan poco valor tiene la vida humana? ¿Es que acaso así son todos los mortales que Tú habéis creado?
El pájaro caminó despacio bajo la densa mañana y no espero respuesta, pues él mejor que nadie había sido advertido que la Tierra era un lugar muy diferente al Paraíso.
Luego de presenciar su primera experiencia entre mortales, decidió emprender el vuelo hacia tierras lejanas, tal vez ahí encontraría un pequeño soplo del espíritu que había sido una vez infundido por el creador en sus creaturas.
-Buen día, mis queridas rosas de la mañana. Sóis tan hermosas como las mismísimas rosas de rubíes que hay en el paraíso.
Entre risitas nerviosas, una de las flores, más sonrojada por el comentario del pájaro, alzó su corola y habló.
- Hola, hermoso pajarillo. ¿Con qué has venido hasta aquí desde el Edén?
- Si, y he venido a que vosotras me guíen un poco durante mi visita en la Tierra. Ya he estado en otro lugar que no me ha parecido bueno, y espero aquí encontrar un poco de la bondad de los hombres creados por Dios.
- Ay!- dijeron las flores a coro - Has venido al lugar equivocado. Nosotras, como puedes ver, adornamos este hermoso jardín, y este jardín a su vez pertenece a una pareja de esposos con la casa más linda que jamás te puedas imaginar. Cuando abren ese ventanal que ves allá, desde aquí podemos ver las magníficas cortinas de seda que cubren las ventanas que dan al comedor, el impresionante piano de ébano con el que el señor deleita a sus invitados y las imponentes estatuas de alabastro con las que han decorado su sala de estar.
- Te has olvidado de mencionar los espléndidos banquetes que allí se sirven, querida- dijo una flor a la otra.
-Ah, claro. La pareja tiene un salón enorme donde ofrecen las fiestas más concurridas de esta ciudad. Importantes personajes se pasean por estos jardínes, y en su mesa sólo se sirven las más delicadas carnes y los vinos más añejos. Y ni hablar de los costosos ropajes con los que desfilan las señoras de alcurnia.
- Todo esto suena muy bien- dijo el pájaro. -Yo no veo nada de malo en que sean felices.
- Es que todo eso son apariencias- dijo la flor del centro, la que tenía las orillas ribeteadas de amarillo. -Los esposos pelean todo el tiempo, siempre sobre el mendigo.
- ¿Cómo?- preguntó el pájaro. -¿Qué pasa con el mendigo?
- El padre del joven era un prominente vendedor de autos que decidió heredar en vida toda su fortuna a su hijo, su único heredero. El hijo se volvió contra su padre, asegurando que era un sacrílego y que había olvidado la religión de sus ancestros. Se dice que el pobre viejo vive de la caridad de los fieles de una iglesia en una ciudad vecina.
- El jóven, dominado por la ambición, despojó a su padre de todo, y se olvidó de él. Ahora derrocha el dinero a sus anchas, pero bien sabe que nunca será feliz.- agregó una flor regordeta con una voz chillona.
El pájaro agachó la cabeza y se quedó taciturno. ¿Sería acaso que el mendigo fuera el padre de el muchacho? ¿Sería que por injusticias de los mortales, aquel pobre hombre hubiese muerto solo y abandonado? Y aunque se le hizo un nudo en la garganta, el pájaro decidió no llorar y acercarse al ventanal, tal vez así descubriría la causa de la desdicha de la pareja.
La amplia sala de estar estaba iluminada por un magnífico candelabro, tal vez había sido traído de París o de tierras españolas. Los tapetes, sin duda alguna, eran maravillosos hilados del mejor algodón persa, que junto con las decoraciones del salón creaban una atmósfera de pesada elegancia.
- Me han informado que tu padre, el mendigo, murió ayer en las afueras de la vieja catedral- dijo la hermosa joven, con una voz quebrada.
- ¿Y qué demonios quieres que yo haga, Isabel? Sabes de sobra que ese hombre nunca fue un buen padre, y que se merecía morir de esa forma.
- Mejor que nadie sabes que tu padre te dio todo, esta vida, esta casa, y hasta la posición social que ahora tanto alardeas tener. Tú lo mataste! Tú lo mataste!- repuso entre sollozos la muchacha.
- Yo no lo maté. Yo no soy un asesino como tú, que mataste a nuestro hijo, al hijo que tu y yo íbamos a tener.
Y la joven salió corriendo del enorme salón, llorando y lamentándose, arráncandose desesperadamente los cabellos marrones. Se marchó a una habitación donde el pajarillo no la pudo ver más, y se quedó con la imagen del joven magnate bebiendo hasta perder el conocimiento.
Esa noche el pájaro no pudo dormir. Parecía que una de las espinas de las hermosas rosas se le hubiese clavado en lo más profundo del corazón, y le hacía sangrar las entrañas. Recordó a todos sus hermanos animales en el paraíso, las hermosas flores con fragancias inigualables y el aire de paz que allí se respiraba. Recordó las palabras del Todopoderoso antes de emprender su aventura a la Tierra. Y también recordó que antes de salir del Edén, no sabía lo que era el dolor.
A la madrugada siguiente, vio cómo una mujer menuda entraba en la casa de los esposos por la puerta trasera. Iba vestida humildemente y llevaba el paso apresurado. En su cara se podía observar que era una mujer joven, quizá no más de cuarenta, aunque la pesadumbre de su rostro y el cabello blanco en sus sienes la hacía parecer mayor. El ave vio como la mujer se encargaba con diligencia de las tareas de aquel hogar, desde desempolvar con esmero los cristales del candelabro hasta tener el desayuno listo para cuando los señores despertaran.
El señor despertó, se bañó y se arregló, y sin si quiera probar el desayuno, mucho menos despedirse de su esposa, salió apurado recogiendo un montón de papeles de su escritorio. La muchacha no se había despertado aún, pues no había pegado un ojo en toda la noche debido a sus recurrentes migrañas. El ama de llaves era la que se encargaba de conservar aquel hogar vacío y sin amor. Parecía que dos completos extraños habitaran ese lugar que olía a tristeza, a rencor, a todo menos a amor.
Una vez que la mujer hubo fregado los pisos y pulido la delicada cubertería de plata, colgó su delantal detrás de la puerta trasera y se apresuró a salir. Al parecer iba más apurada que antes, y lo lejos se podía ver como secaba una lágrima de su mejilla. El pájaro entonces decidió acompañarla hasta su casa, sin que ella se percatase de su presencia.
La mujer caminó por un largo trecho que al pájaro le pareció eterno. Bajaba por laderas cubiertas de espinosos cardos, y subía otras tantas pendientes rocosas. Después de la cansada caminata, la mujer entró en una especie de barrio que no era nada parecido a los que habían cruzado con anterioridad. Las casas estaban construidas de pedazos de tablas, remanentes de láminas de aluminio, oxidadas ya por el clima lluvioso de la ciudad, y cartones mal cortados, que apenas si podían resguardar a sus habitantes del intenso frío que azotaba la región. Por los charcos corrían enormes ratas, ratas que vivían de los desechos que se iban por los alcantarillados.
- ¿Qué hace este pajarito bonito por el bajo mundo?- preguntó una rata gorda y deforme cuando vio al pájaro acercarse a la humilde vivienda de la mujer.
- He venido desde el jardín del Edén, y estoy aquí para inquirir sobre el sufrimiento de los hombres- contestó cortésmente el pájaro ante la burlona pregunta de la rata gorda.
- ¿Que qué dijo este verdecito?- se apresuró a preguntar la compañera de la enorme rata, con una voz incrédula e ignorante.
- No seas tonta Casilda, este pajarito tonto se cree tocado por Dios y dice venir del paraíso que a ver como sufren los humanos.
- Pero que cosa más absurda!- respondió la rata tonta no sin antes soltar una ruidosa carcajada. - Pues sí que has llegado al paraíso de la miseria, de la inmundicia, del dolor. Bienvenido, pajarito!- agregó la rata.
- Pero decidme amigas, ¿porqué se sufre tanto aquí más que en ningún otro lugar? He visto a una pareja de esposos dolerse por un hijo perdido, y a un viejo mendigo morir a causa del abandono de un hijo ingrato. ¿Es que acaso pueda haber cosa más terrible que eso?
- Aquí es el reino de lo inhumano, donde se mata por sobrevivir, y muchos otros viven para matar. Aquí, en este rincón olvidado por Dios, las mujeres mueren en charcos de sangre pariendo a sus hijos, los hijos mueren por no tener ni un trozo de pan duro que llevarse a la boca o mueren por no tener alguna hierba que los cure, mueren tísicos. Los hombres que sobreviven abandonan a sus mujeres y les roban lo poco que tienen. - dijo con un aire irónico la rata regordeta.
- Ahora mismo, la mujer que vive en aquella pobre choza de cartón, está llorando porque su hijo se le muere. El crío no pasará de los diez años, y su pobre madre le dice que le perdona todas sus travesuras con tal de que no se le vaya.- agregó la otra rata.
El hermoso pájaro no hizo más que quedarse pensativo y caminar con cuidado por entre los charcos llenos de heces, trozos de vidrios de colores y desolación. ¿Es que acaso el mundo se había convertido en un basurero donde lo que no se quiere se desecha, donde el dolor y el sufrimiento son el pan de cada día? ¿Porqué un Dios tan bueno podía permitir tanta desolación en el mundo que el mismo había creado? Con estas reflexiones el ave se acercó despacio hasta donde vivía la mujer, y pudo oírla sollozando y echando un trozo de leña en un brasero.
Por una hendija de entre las láminas de aluminio, el pájaro pudo ver cómo la mujer encendía una vela y rezaba fervientemente a una estampita que tenía frente a ella. Pasaba nerviosamente las cuentas de un rosario por sus manos, como si el apurar la oración le fuese a devolver la salud a su pequeño.
- Si tan sólo tuviera dinero para prepararte un caldo de gallina, con eso te pondrías mejor- pensó la madre en voz alta. - Dios mío, no te lleves a mi hijo, no me quites lo único bueno que tengo.
El pájaro pensó en las delicias que se servían en la casa de los esposos, en el jardín mismo, donde todo había en abundancia. Recordó los días en que admiraba su hermoso plumaje en el reflejo de los límpidos lagos, y ahora no veía más que una imagen distorsionada de sí mismo en la turbiedad de los charcos. Recordó al viejo abandonado en la catedral, al hijo con corazón de hierro y pensó en el pobre chaval que yacía moribundo en un lecho.
De repente, la lluvia empezó a arreciar y el pájaro no pudo oír más lo que la mujer decía. Un pedazo de tabla cayó sobre el suelo, dejando la vivienda más expuesta a las inclemencias del gélido clima. La mujer salió de la choza para tratar de reparar el gran agujero que el trozo de madera caído había dejado. En ese instante, la mujer se percató de la presencia del pájaro, y no pudo hacer más que exclamar ante la visión de la hermosa avecilla.
- Ah, ave del paraíso, has venido justo en el momento perfecto!- dijo la mujer al tiempo que se le iluminaba el rostro de esperanza.
- Eres tan hermoso como un collar de esmeraldas, pero en estos momentos, mi hijo se me muere y haré de ti un delicioso caldo para mi nene.
El pájaro, sorprendido ante la reacción de la mujer, no opuso la menor resistencia cuando la mujer se abalanzó hacia él y lo tomó por el cuello. La mujer se apresuró a llevarlo adentro de su choza, para desollarlo y prepararlo para su hijo.
Una a una arrancaba sus delicadas plumas, una a una acababa con la vida del hermoso pájaro. El ave sentía un dolor penetrante, un dolor de ver que su paso por el mundo de los mortales había sido tan corto. Pero a la misma vez, el dolor le producía una felicidad que sólo había sentido alguna vez en el Jardín del Paraíso.

5 comentarios:

  1. Lo sabía. Pero que se le va a hacer, me encantan ese tipo de historias y esos temas.
    Gracias por tu comentario de cualquier modo :)

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  2. Claro, para qué esta uno, sino para escribir lo que tu sabes que escribiría.

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  3. Un sacrificio en toda regla. ¿Al menos salvó la vida al muchacho?

    Creo que ni el propio Dios esperó nunca tanta desolación proveniente de su creación. Nos hemos autodestruído y seguimos haciéndolo día a día.

    Un saludo.

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  4. Hola, Deprisa. Bienvenid@ a bordo.
    Coincido contigo en que ni el propio Dios se imaginaba el alcance que iban a tener sus propias creaturas...
    Pero todo lo malo siempre tiene un lado positivo. Como decía un antiguo profesor de filosofía, es necesario conocer el dolor para saber lo que en realidad es la felicidad. No podemos distinguir lo blanco de lo negro si siempre se está en tinieblas. Este es un punto puramente filosófico, y se respeta la opinión de cada quien. Pero como con el ejemplo del pájaro, no conocía el sufrimiento, o más bien, llegó a conocer la verdadera felicidad producida a través de un sacrificio, por el sufiriemiento. A veces no estamos dispuestos a hacer pequeños sacrificios que nos enriquecen a nosotros y ayudan a los demás por temor al sufrimiento. Pero son necesarios para poder conocer la humanidad que hay dentro de cada uno de nosotros, y tienen como fin absoluto la propia felicidad. Contadictorio, no?

    Gracias por leerme. Y ahora, a retribuir la visita :)

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